Un cuento de Luis Alarcón Llontop

mayo 03, 2010
Luis Alarcón Llontop es sin duda uno de los más destacados narradores de los 90s en esta parte del orbe, en esta comarca norteña. He aquí un cuento de este amigo al que no veo hace varias lunas. Anda ocupado en sus labores de Director de Escuela de la USS. Intentaré animarlo para que edite su libro de relatos y alejarlo por unos momentos de sus ajetreos universitarios. Ya es hora que vean la luz.


Al taita no lo abren


El sol se estaba poniendo, lento y pesado, entre los enrojecidos apus de la jalca de Huancavelica cuando al fin divisamos Puquio. Nadie imaginaba que el último pueblo de Pampas, Tayacaja, podría quedar del lugar a 12 largas horas repartidas subidos en camión y montados a lomo de bestia. Nadie de los cinco que íbamos a practicar la autopsia de taita José, a pedido del teniente gobernador de Puquio porque “dudaba seriamente de su muerte natural”, imaginábamos tampoco que existiera una belleza paradisíaca esperándonos después de todo.

Y allí estábamos: el fiscal; su asistente, una chica limeña estudiante de leyes a quien el rancio olor de las chompas y frazadas de los naturales le había provocado un interesante cuadro de náuseas crónicas; el oficial Aníbal, que se encargaba de las diligencias; el utilero que cargaba las herramientas para la operación; y yo, el único médico de la zona.

La noche se filtraba de a pocos por todos los espacios abiertos por donde sólo hace unos minutos reinaba la luz. Nada parecía habitar el pueblo sino sólo mulas atadas a los pórticos de las pequeñas viviendas de paja y techos de zinc, y alguna que otra ave de corral suelta por las callecitas que se perdían en sus propios zigzag. Como si me leyera el pensamiento, la estudiante de leyes, con una mano tapándose la nariz porque ya comenzaba a percibir los olores de su desgracia, quebró el silencio en voz alta: “Deben estar todos en el velatorio. Es la costumbre”.

La luz anaranjada de cientos de velas en la noche ya totalmente cerrada, nos atrajo hacia la morada del Taita José. Era el único punto iluminado en el pueblo y llegué a pensar que más nos movíamos por fototropismo que por alguna razonable voluntad de hacer las cosas.

Sí. Allí estaban todos. Todos no era un gran número; 100 o 150. Rostros cetrinos, ceños fruncidos, cabellos hirsutos, de una estatura inferior a la del promedio de los habitantes de otros pueblos menos escondidos. No parecían mirarnos. O ignoraban a sabiendas nuestra presencia. Sólo el teniente gobernador se acercó alumbrado por una lámpara que sostenía una mujer que debía ser su esposa. Por la expresión traía malas noticias pero sólo se las dijo a quien le entendiera la más agreste variante del quechua que jamás había oído: el utilero. Le cuchicheó sin mirarnos, avergonzado.

El fiscal rompió en español con un “¡¿Qué diablos pasa?!” El utilero le explicó que el pueblo no quería autopsia. Que Taita José era su más respetado ancestro. Que una práctica médica occidental de rutina como la que nos acometíamos a hacer, les equivalía a ellos algo así como a herejía. Que al fin y al cabo iba a ser imposible sacar su cadáver del lugar y que mejor, si no queríamos contratiempos, diéramos marcha atrás.

El fiscal quiso imponerse pero los andinos, que si no entendían nuestra lengua sí comprendían nuestras actitudes, sacaron sus hachas y machetes de sus ponchos y, siempre sin mirarnos, corearon en un castellano seco “¡Al taita no lo abren! ¡Al taita no lo abren!”.

Nadie supo qué hacer. Sólo la estudiante de leyes. Sacó de su file la carta del teniente gobernador donde solicitaba nuestra intervención y en el tono más enérgico que jamás le había escuchado a una mujer –por demás a punto de desmayarse no por la impresión sino por el olor de tanto poncho junto- se la extendió a su autor. -Usted mandó esto. Si no quiere autopsia rompa el documento.

El teniente gobernador entendía, como sus pobladores, las actitudes. Tomó su carta de puño y letra y él mismo la rompió en tantos pedazos como seguramente habría hecho el pueblo con nuestros cuerpos si hubiésemos insistíamos en lo de su Taita.

Luego, durante toda la noche y la madrugada, los acompañamos en su velatorio, entre cantos que no entendíamos bien, pero que deberían ser de lamento y consternación y bebiendo largos tragos de llonque. Al amanecer nos esperaban 12 largas horas de regreso. Unas en bestia, las otras en camión.